El Quórum de los Doce antes de ser llamados: Jeffrey R. Holland

marzo 4, 2015 • Líderes mormones, Los Mormones, mormonismo • Views: 3165

Retrato de Jeffrey R. Holland cuando niño. Cortesía de LDS.org.

Retrato de Jeffrey R. Holland cuando niño. Cortesía de LDS.org.

Jeffrey R. Holland sirve como apóstol en el Quórum de los Doce para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pero ¿sabías que cuando era joven fue premiado por cuatro deportes distintos y que se le consideró el mejor empleado en la estación de servicio en la que trabajaba a causa de su trato amistoso? (Artículo de Liahona “Elder Jeffrey R. Holland: Del Quórum de los Doce Apóstoles”). En la siguiente biografía del apóstol, lee sobre cómo sus experiencias y la influencia ejercida por sus semejantes lo ayudó a convertirse en el poderoso ejemplo de fe que es en la actualidad.

Lecciones aprendidas y enseñadas

Llegar a la casa a tiempo

La mamá de Jeff recuerda lo obediente que su hijo era de niño y adolescente. Cuenta que “nunca me dio problemas. Siempre estuvo activo en la iglesia y magnificó sus deberes del sacerdocio”.

Una de las veces en que demostró su obediencia fue cuando su madre lo dejó ir a una fiesta hasta las 10 de la noche. Cuando vio que eran las 9:45, atravesó corriendo la ciudad de St. George a fin de cumplir con el toque de queda impuesto (“Jeffrey R. Holland”).

Una bifurcación y una oración

Un día, Jeffrey decidió viajar por el día al sur de Utah con Matt, su hijo menor. Jeffrey quería enseñarle los lugares que había recorrido cuando era niño. Para ello, su esposa Patricia les preparó el almuerzo, tras lo cual se marcharon a explorar en un camión.

Al atardecer, cuando se dirigían a casa, se encontraron en una bifurcación desconocido. Como Jeffrey no sabía qué camino tomar, oraron para tomar una decisión. Tanto él como Matt sintieron que la vía de la derecha era la indicada para llevarlos a casa.

No obstante, después de avanzar cerca de 4 metros llegaron a un callejón sin salida. Claramente no era el camino correcto, por lo que retornaron y tomaron el izquierdo. El pequeño Matt le preguntó a su papá por qué se habían equivocado en sentir. Jeff le respondió:

Creo que el deseo del Señor, que su respuesta a nuestra oración, era ponernos en el camino correcto lo más rápido posible, con la certeza, con una comprensión total de que estábamos donde debíamos y que no teníamos de qué preocuparnos.

Dado que habían sentido la impresión de tomar el camino errado primero, pudieron saber “con la misma convicción que el otro era el indicado”. Más adelante, Jeffrey R. Holland declaró que “cuando las cosas no andan bien… Dios espera que oremos, confiemos, creamos y no nos rindamos” (Mensaje Mormón “Caminos equivocados”).

Jeffrey R. Holland con su hijo Matt en el Tabernáculo de Salt Lake City. Cortesía de LDS.org.

Jeffrey R. Holland con su hijo Matt en el Tabernáculo de Salt Lake City. Cortesía de LDS.org.

Noviazgo y matrimonio

Cuando conoció a Patricia

En la secundaria, Jeff adoraba jugar deportes. Era reconocido en basquetbol, fútbol, atletismo y béisbol. Pese a esto, jugar no era el único beneficio que le daba pertenecer a estos equipos, sino que también le permitía acercarse a las animadoras, en especial a Patricia Terry.

Por su parte, Patricia también lo miraba en los partidos. Al respecto comenta: “Jeff siempre fue un buen deportista. Lo que más disfrutaba era verlo jugar basquetbol, admiraba su habilidad en ese juego… sin mencionar que tenía buenas piernas”.

Aun así, la primera impresión que tuvo de él no fue tan halagadora. Recuerda haberle escrito a su prima que había “conocido al chico más inteligente de la escuela, el que al mismo tiempo era terriblemente inmaduro y molestoso”. Sin embargo, “aunque inicialmente no lo soportaba, siempre tuve la impresión que cuando fuera mayor me casaría con él” (Artículo de la revista Ensign “Jeffrey R. Holland: A Style All His Own”).

La influencia ejercida por Patricia

Si bien el joven Jeffrey amaba el Evangelio y era un miembro fiel, como en ese entonces la misión no era considerada como una responsabilidad de los sacerdotes, le atribuye su decisión de servir al Señor a la influencia de Patricia, con quien llevaba dos años saliendo.

“Nadie en mi familia había servido una misión, pero cuando mi relación con Patricia se volvió seria, pude notar que su determinación respecto al tema era firme”.

Así, desarrolló el deseo personal de entregar esos dos años de su vida. Sirvió fielmente en Gran Bretaña, lo cual tuvo un gran impacto en su vida (“Jeffrey R. Holland”; artículo de la revista Ensign “Jeffrey R. Holland: A Style All His Own”).

El regreso con Patricia

Pat esperó a Jeffrey durante esos dos años. Sobre la continuación de su romance, comparte: “Cuando llegó, sentimos que teníamos todo lo necesario y en un par de semanas nos comprometimos. Mas se avecinaban muchos cambios. Me iría a Nueva York por un año a estudiar música… Pensamos que si nuestra relación había sobrevivido los dos años de misión y seguía así de bien, no tendríamos problema con un año adicional para que siguiera con mi educación musical”.

Pero en la gran manzana, sus profesores la animaron a quedarse y a seguir trabajando para volverse profesional. Para Jeffrey “fue un momento de decisiones significativas. Por una parte, tenía el drama y glamur de Broadway y Carnegie Hall, y por otra, al insignificante Jeff Holland en St. George, Utah. Afortunadamente, me eligió a mí”.

Pero las oportunidades musicales de Pat en Nueva York no era el único desafío que se aproximaba. Antes que Jeff se fuera a la misión, tenía pensado estudiar medicina, pero al regresar, se decidió por una carrera bastante menos pagada: pedagogía.

Aunque no sabía cómo se lo iba a tomar su novia, para su gran alivio, Pat se mostró muy comprensiva. Le dijo “si quieres enseñar, eso es lo que debes hacer”. Cuando le informó que no tendrían tanto dinero, ella replicó “¿a quién le importa?”. Al poco tiempo, se casaron en el templo de su ciudad (Ensign article “Jeffrey R. Holland: A Style All His Own”; Church News article “Faith is the new general authority’s gift”).

Recién casados contra el mundo

Después de casarse, se fueron a la Universidad Brigham Young para estudiar. Ambos reconocen cuán asustados estaban por tener que enfrentarse a los estudios, trabajo y a un futuro incierto. Jeff describe que “parecía haber tanto en juego. Éramos estudiantes de pregrado buscando nuestro lugar en el sol aunque careciéramos de nombre, rostro e importancia”.

En un momento llegó a sentirse tan abrumado por el futuro que volviéndose a Pat, preguntó “¿Crees que podamos lograrlo? ¿Nos crees capaces de competir con todas estas personas…? ¿Habremos cometido un error? ¿Deberíamos rendirnos y volver a casa?” Aunque ella misma estuviera muerta de miedo, respondió “Claro que podemos con esto”. Y así fue. Enfrentaron sus miedos juntos y siguieron adelante (However Long and Hard the Road).

Jeffrey and Patricia Holland. Cortesía de LDS.org.

Jeffrey and Patricia Holland. Cortesía de LDS.org.

Llamado a servir

“Darme cuenta de lo que tenía”

Jeff llevaba tan sólo dos semanas en el campo misional cuando tuvo una experiencia que cambiaría su perspectiva de vida para siempre. Una vez, el miembro de la iglesia de 80 años que constantemente arreglaba sin costo alguno las bicicletas de los misioneros, les fue a pedir una bendición de salud para su esposa enferma.

Aquella noche lluviosa, la hermana estaba muy enferma, casi muriendo. Sufría tantos dolores que llevaba dos días sin dormir. Después de bendecirla, cuando estaban a punto de partir, el hermano bajó las escaleras y con lágrimas en los ojos, les dijo que dormía. Tiempo después, Jeffrey R. Holland manifestó:

Recuerdo haber salido a la lluvia sollozando, consciente de una revelación espiritual –una especie de sentimiento en el que me ‘di cuenta de lo que tenía’. A lo largo de mi misión, viví experiencias mucho más milagrosas que ésa, pero ninguna me tocó más profundamente que ésta, la que provocó que yo, un joven promedio criado en la Iglesia, graduado de seminario en una ciudad al sur de Utah que nunca había ido a ninguna parte, examinara mis propios valores, sacerdocio y fe –comprobando así que los tenía y funcionaban.

Para Jeffrey, la misión fue “el momento espiritual más decisivo de [su] vida” y no fue más que el comienzo.

El sacrificio de sus padres

Para costearse la misión, Jeffrey vendió algunas de sus pertenencias y ahorró. En ese entonces, los valores no estaban normalizados, lo que implicaba que cada misionero debía pagar el costo específico de la misión que le era asignada. La misión Británica era una de las más caras, por lo que Jeff no tenía la certeza acaso conseguiría mantenerse más allá de unos cuantos meses, pero se marchó con fe en que lo lograría.

Durante su servicio, sus padres también salieron a la misión como matrimonio, de hecho, les tocó en el mismo sector. Jeffrey bromea diciendo que es el único misionero que pudo despedirse de sus papás en los dos términos de su misión. No obstante, con sus padres proclamando el Evangelio en el extranjero, llegó a casa sin saber cómo pagaría la universidad, comida, alojamiento o su matrimonio.

Se dirigió al banco, donde fue atendido por un amigo de la familia a quién le preguntó cuánto dinero quedaba en su cuenta. El gerente lo miró sorprendido y contestó “¿Por qué la pregunta? Está todo en tu cuenta ¿No te dijeron tus padres? Como querían ayudarte lo más posible para cuando retomaras tu vida luego de la misión, no sacaron nada de tus ahorros. Pensé que lo sabrías”.

Con el tiempo se enteró que durante dos años su papá no se había comprado un terno, ni una camisa, ni siquiera un par de zapatos, sin mencionar que su mamá había trabajado en una multitienda para costear la misión de Jeff. Comentó “En esta Iglesia ¿cuántos padres no hacen lo mismo? ¿cuántas madres no entran a trabajar para ayudar a sus hijos como lo hizo la mía?” (General Conference talk “Because of Your Faith” ; Liahona article “Elder Jeffrey R. Holland: Of the Quorum of the Twelve Apostles”).

Errores en el camino

El gozo de la paternidad

Cuando Jeffrey entró a Yale, se hallaba muy estresado debido al trabajo, sus estudios y llamamiento. Por esta razón, cuando volvió a casa un día y se enteró que Matt, su hijo de cinco años, había respondido mal a su mamá, perdió los estribos. Lo regañó con severidad tras lo cual envió al niño sollozante a orar solo a su pieza. Pat no emitió ningún comentario respecto a lo sucedido, pero Jeff narra “no fue necesario ¡Me sentí fatal!”.

Esa noche, le costó mucho conciliar el sueño y cuando lo logró, tuvo un sueño bastante interesante. Soñó que con Matt cargaban dos autos para una mudanza. Le decía a Matt que condujera uno de los vehículos a lo que el pequeño replicaba “Papi, no me dejes. No sé cómo hacerlo, soy muy pequeño”. Pero Jeff se iba conduciendo el otro auto.

Más adelante en el sueño, Jeff se daba cuenta de lo que había hecho. Salía del vehículo y corría de vuelta a su hijo. De camino, veía el auto que Matt debía conducir. Estaba estacionado a un lado de la carretera mientras un anciano cuidaba al pequeño que jugaba y ya había perdonado a su padre. Jeff agradeció al anciano mas se sintió avergonzado cuando éste lo reprendió, “No debería haber dejado a su hijo solo con una tarea tan difícil entre manos. Nunca se le habría pedido a usted algo semejante”.

Cuando hubo despertado, se apresuró a la habitación de su hijo y lo despertó. Con los ojos llenos de lágrimas lo acunó mientras se disculpaba diciéndole que en ocasiones los papás se equivocaban pero que lo amaba. “Le dije que me sentía honrado de ser su padre y que intentaría con todas mis fuerzas de ser digno de tan grandiosa responsabilidad”. (Tanto en la Tierra como en el Cielo).

Tratando de viajar entre países

Como iba a hacer un posgrado en Yale, Jeff y su familia empacaron sus pertenencias y abandonaron St. George a fin de emprender el largo viaje hacia Connecticut. Habían recorrido 54 kilómetros cuando el auto quedó en pana.

Cuando se hubo asegurado que su familia estaba bien, se dispuso a caminar al pueblo de Kanarraville para abastecerse de agua. Un buen hombre lo llevó en auto de vuelta al lugar del incidente, entre ambos arreglaron el desperfecto y volvieron a St. George.
Jeff mandó a revisar el auto pero los mecánicos no dieron con ninguna falla. Fue así como la familia Holland retomó el viaje a Connecticut. Más o menos en el mismo lugar, el auto volvió a detenerse, por lo que Jeff acudió al mismo pueblo de la vez anterior.

Como ya era la segunda vez, se sintió avergonzado cuando el hombre que le dio agua le dijo “O hay un hombre que se ve igual a usted o necesita un nuevo radiador para su auto”. Le dio un aventón hacia su vehículo, tras lo cual le preguntó:

-¿Cuánto han viajado?

-34 millas

-¿Y cuánto más les falta?

-2600 millas

-Bueno, puede hacer ese viaje con su esposa e hijos pero no sobrevivirán si siguen conduciendo en ese auto. Y tenía razón (General Conference talk “An High Priest of Good Things To Come”).

Jeffrey R. Holland con su esposa e hijos. Cortesía de LDS.org.

Jeffrey R. Holland con su esposa e hijos. Cortesía de LDS.org.

Elecciones y cambios

Decisiones académicas

Jeffrey obtuvo un magíster en educación religiosa en BYU. Dio clases de instituto en Hayward, California y Seattle, Washington antes de decidir continuar perfeccionándose. Entró a Yale en dónde trabajó con ahínco para conseguir otro magíster y doctorado en Estudios Estadounidenses a la vez que servía en la presidencia de estaca y como maestro de instituto.

Después de graduarse, se le presentaron tres oportunidades laborales: quedarse enseñando en Yale, enseñar en BYU o hacer clases de instituto. La tercera opción era la menos probable de todas, pero cuando Jeff y Pat oraron al respecto, ambos sintieron que era la indicada. “Mis profesores me creyeron loco. No podían concebirlo”.

Sin embargo, poco después de comenzar a enseñar en el instituto de Salt Lake City, las razones de su decisión se volvieron evidentes. Fue llamado como director de la Asociación de Mejoramiento Mutuo del Sacerdocio de Melquisedec y decano de educación religiosa en BYU. Finalmente, aceptó el llamamiento de comisionado de educación de la Iglesia (Ensign article “Jeffrey R. Holland: A Style All His Own”).

Nuevo presidente de BYU

Cuando Jeffrey servía como comisionado de educación de la Iglesia, la Primera Presidencia le pidió hablar con él. Le dijeron que deseaban que fuera el nuevo presidente de BYU. Muy sorprendido, exclamó “¡Presidente Kimball, debe estar bromeando! A lo que Spencer W. Kimball respondió: “Hermano Holland, en esta oficina no bromeamos muy a menudo”.

Dejando de lado su reacción inicial, Jeffrey disfrutó mucho ese trabajo. Comenta que BYU “es un lugar muy querido para mí” pues sirvió en aquel lugar por nada menos que nueve años (Artículo de Liahona “Elder Jeffrey R. Holland: Del Quórum de los Doce Apóstoles”).

Jeffrey R. Holland. Cortesía LDS.org.

Jeffrey R. Holland. Cortesía LDS.org.

Después de ser llamado Apóstol

A través de estos años de aprendizaje y enseñanza, Jeff y Pat criaron tres hijos. Cuando formaba parte del Primer Quórum de los Setenta, Jeffrey R. Holland fue llamado a servir como apóstol del Quórum de los Doce el primero de abril de 1989 (“Elder Jeffrey R. Holland”).

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En el mensaje compartido en la Conferencia General titulado “An High Priest of Good Things To Come” Jeffrey R. Holland anima a los miembros de la Iglesia a perseverar hasta el fin:

No se rindan. No abandonen. Sigan caminando, Sigan intentándolo. La ayuda y la felicidad los esperan… Mantengan su frente en alto. Todo mejorará. Confíen en Dios y crean que lo mejor está por venir.

En la actualidad, Jeffrey R. Holland vive como un poderoso ejemplo de fe, fuerte en el Evangelio y creyente de las palabras de Dios.

Para saber más sobre Jeffrey R. Holland, visita su página de Facebook o visita los siguientes enlaces:

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