En la cima de nuestro propio calvario

abril 16, 2015 • evangelio, Los Mormones • Views: 3615

En esta ocasión, quisiera referirme muy particularmente a aquellos que sufren, me refiero a aquellos que se ven día a día sumergidos en el dolor y atormentados por algún tipo de aflicción. Padres que contemplan a la distancia, con dolencia y resignación los tropiezos de sus hijos. Niños, jóvenes y adultos que, presos por la depresión, observan como la luz de sus vidas se oculta tras un eclipse de múltiples tragedias. Me referiré a quienes lloran con un corazón destrozado producto del engaño, y a quienes se sienten incomprendidos, desolados y, en verdad, destruidos. No me es necesario enumerar y especificar cada uno de los males que en esta vida enfrentamos, en alguna medida todos quienes sufren replican la clase de vida y sentimientos que, aunque a mayor escala, alguna vez afrontó el Maestro.

Me refiero a aquellos días y momentos lúgubres en que padecemos tétricamente en medio de una noche oscura. Aquellas situaciones en que en similitud con el Salvador y su padecimiento en Getsemaní, gemimos bajo la carga de nuestros pesares, aquellos días en que como niños y con la cara bañada en lágrimas expresamos en voz alta: “Padre, si quieres, si es posible, si lo permites… pasa de mí esta copa” (Mateo 26:39). Hablo de esas noches en que el universo parece detenerse y los cielos observan silente. Aquellos largos tramos en que nos hallamos abatidos por el miedo y la incertidumbre, cuando estamos solos y dudamos de un amanecer más generoso, lo cierto es que el amanecer siempre ha de llegar, sin embargo, en muchos casos la alborada no nos ofrece un panorama más favorable. Somos enjuiciados, vilipendiados y criticados, abandonados inclusive por aquellos que prometieron alguna vez permanecer a nuestro lado, y azotados por las terribles y egoístas decisiones de otros y en muchas otras ocasiones por causa de las propias.

Hablo de aquellas instancias finales en que nuestros pasos se hacen más y más dubitativos, y la carga de nuestra cruz parece insoportable, interminable. Y la cima del Gólgota asoma con presunción y pretensión nuestra última parada. Aquel momento en el que una mirada incomprensiva, atónita y desahuciada se eleva a los cielos preguntándose si todavía hay alguien que nos pueda rescatar.

Yo testifico que los poderes de la divinidad recaen sobre nosotros, en el preciso momento en el que expresamos de todo corazón “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46), “Hágase tu voluntad” (Mateo 26:42), y “consumado es” (Juan 19:30).

Declaro además que ninguno de nosotros se aproximará jamás ni en el más mínimo grado al valle de muerte en el que el Salvador Jesucristo suplió voluntariamente, y por cada uno, el dolor que el castigo de la ley habría de imponer sobre nosotros. Él fue el actor principal en la escena de la noche más trágica, de la mañana más tormentosa, de la soledad más abrupta, y del dolor más intenso. Testifico que por sus mejillas se deslizaron las lágrimas más puras y que de una manera inexplicable e incomprensible para el hombre, su sangre se asomó y escurrió por cada poro de su cuerpo. Él es nuestro Rey, nuestro Maestro, y para todos aquellos que soporten su propio Getsemaní, escarnecimiento y Gólgota individual, la promesa es: “No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros” (Juan 14: 18).

Pasaran los días, meses y años, y la amargura y tortura de sus dolores presentes se consumirán en la presencia del Señor. Los fieles le verán en una manera muy similar a la descrita por el profeta José Smith:

“Sus ojos eran como llama de fuego: el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol; y su voz era como el estruendo de muchas aguas, si, la voz de Jehová que decía: Soy el primero y el ultimo, soy el que fue muerto, soy el que vive, soy vuestro abogado ante el Padre” (DyC 110:3-4).

Esto seguro será algo muy personal, no obstante, en mi muy imperfecta pero deseosa imaginación, no me es demasiado difícil proyectar un momento junto a Él, mi Maestro, le abrazaré, lloraré y mi inclinaré ante su faz, mi Rey y el emblema de nuestra Salvación.

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2 Responses to En la cima de nuestro propio calvario

  1. lazaruhs dice:

    Es algo increible que pueda existir un amor tan grande, puro, real, verdadero, y sincero, como el de nuestro Padre, y sobre todo que yo siendo tal cual soy tenga acceso, a tal amor sin merece serlo, o sin haberlo ganando,

  2. PAU dice:

    Finalmente ‘la salvación siempre pasa por el Getsemaní’. No dudo de que somos refinados en los momentos de dificultad y que conocemos un poco más de su expiación y de su infinito amor. Es allí en donde nuestras fuerzas vuelven a ser recargadas, es allí donde comprendemos un poco más que somos hijos de Dios y que nuestros ‘muros están delante de’ ÉL. Gracias!!

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